Saltar al contenido
Editorial octubre 2026

23 de octubre de 2026

Editorial octubre 2026

El mes de octubre conmemora dos importantes efemérides vinculadas a conductas que, siendo relativamente simples y de bajo costo, han tenido uno de los mayores impactos en la prevención de enfermedades infecciosas en la historia de la humanidad. El 15 de octubre se celebra el Día Mundial del Lavado de Manos, mientras que el 24 de octubre se conmemora el Día Mundial contra la Polio. Ambas fechas reflejan, de alguna forma, dos grandes avances en nuestra comprensión de las enfermedades infecciosas: entender cómo se transmiten y entender cómo nuestro organismo es capaz de generar inmunidad frente a ellas.

Según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud, la higiene de manos puede generar un retorno aproximado de 16,5 dólares por cada dólar invertido, mientras que las vacunas pueden alcanzar un retorno cercano a 50 dólares por cada dólar invertido cuando se consideran tanto los costos sanitarios evitados como los beneficios económicos asociados. Pocas intervenciones sanitarias permiten comprar tanta salud con recursos comparativamente tan modestos.

Sin embargo, que una intervención sea sencilla no significa que sea fácil de sostener. Un buen lavado de manos puede tomar entre 40 y 60 segundos; recibir una vacuna, apenas unos minutos. Lograr que una población lo haga de forma consistente durante años o décadas requiere mucho más: infraestructura, disponibilidad, logística, vigilancia, capacitación, comunicación, confianza, registro, recursos y una cultura sanitaria capaz de sostener estas prácticas incluso cuando el riesgo parece distante.

Y es precisamente ahí donde aparece una de las consecuencias más interesantes del éxito de la prevención: la llamada “paradoja del éxito”. Cuando una solución funciona tan bien que consigue hacer desaparecer el problema de nuestra experiencia cotidiana, ese problema comienza también a borrarse de la conciencia colectiva. Con el tiempo dejamos de recordar por qué se implementó una determinada medida y aparecen preguntas que, desde la perspectiva de quien nunca ha conocido la enfermedad, pueden parecer razonables: ¿para qué sirve?, ¿qué motivó la implementación de esta medida?, ¿por qué debo hacerlo si no me otorga ningún beneficio aparente?.

En ese punto, nuestro rol como profesionales de la salud, adquiere una dimensión adicional. No basta con indicar, vacunar, educar o prevenir. También debemos ser capaces de preservar y transmitir una memoria sanitaria que, precisamente gracias al éxito de estas intervenciones, las nuevas generaciones ya no necesariamente poseen. Quienes trabajamos en el diagnóstico, prevención y tratamiento de las enfermedades infecciosas somos, en cierta medida, depositarios de una historia que explica por qué muchas de estas medidas existen y qué ocurre cuando dejan de sostenerse. La prevención necesita evidencia, pero también memoria.

La poliomielitis es probablemente uno de los ejemplos más paradigmáticos de este fenómeno. Hubo un tiempo en que hospitales de distintos lugares del mundo recibían niños y adultos con parálisis y secuelas permanentes asociadas a esta enfermedad. Hoy existen generaciones completas de médicos que nunca han visto un caso autóctono y una población que conoce la poliomielitis principalmente a través de fotografías, relatos familiares o libros de historia, casi como si se tratase de algún mal de la edad antigua provocado por un desequilibrio de los humores. Esa distancia histórica es, en sí misma, una expresión del éxito de la vacunación, pero también puede convertirse en una amenaza cuando comenzamos a confundir la ausencia de enfermedad con la ausencia de riesgo.

Tal vez una de las mayores conquistas de la salud pública sea haber convertido enfermedades que alguna vez llenaron hospitales en acontecimientos que las nuevas generaciones conocen principalmente por los libros. El desafío es recordar que esa ausencia no apareció espontáneamente: es el resultado de intervenciones que deben seguir ocurriendo, silenciosamente, todos los días.

Finalmente, los dejamos invitados al XLI congreso chileno de infectología que se realizará entre los días 18 y 20 de noviembre, además del curso pre congreso el día 17 del mismo mes.

Compartir