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Editorial - Septiembre 2025

12 de septiembre de 2025

Editorial - Septiembre 2025

“…Entre esos pequeños glóbulos había además muchísimos “pequeños animales”, algunos de forma redondeada y otros de forma ovoide… Y el movimiento de la mayoría de estos animalitos en el agua era, tan rápido y tan variado, hacia arriba, hacia abajo y alrededores, que era maravilloso de observar…”

 

Septiembre es un mes que en nuestro país se asocia a las fiestas patrias. Durante estos días, las fiestas y conmemoraciones nos permiten dar una pausa al trabajo y a las responsabilidades, para reunirnos con la familia y amistades, recargar energía y enfrentar lo que resta del año.

 

Sin embargo, entre cuecas y empanadas existe una fecha que pasa desapercibida: el 17 de septiembre, declarado “Día Internacional del Animálculo”.

 

Ese día, en 1683, un comerciante de telas holandés y microscopista aficionado, llamado Anton van Leuweenhoek, envía una carta (carta 39) a la Royal Society of London describiendo la existencia de pequeños animales viviendo en su propia saliva. En dicho documento los describía de la siguiente manera “… vi una y otra vez con gran asombro que había muchos animálculos vivos muy pequeños en dicha materia, que se movían muy bellamente…”.

 

Esta misiva, acompañada de dibujos detallados de las formas que von Leuweenhoek pudo observar, se considera el primer acercamiento humano al fascinante mundo de los microorganismos. En los fragmentos de dichas cartas se logra percibir la emoción que le generó descubrir que nuestro cuerpo -y casi toda la materia que nos rodea- está habitado por pequeños seres, invisibles para el ojo humano, con sus propias dinámicas ecológicas, sus diferentes relaciones (comensalismo, mutualismo, depredación, parasitismo) e historias evolutivas.

 

Si bien los microorganismos nos han acompañado desde los albores de la humanidad y han modelado el comportamiento -e incluso el genoma- de nuestra especie, fue este hito el que abrió la puerta a comprender que compartimos el mundo con ellos, a quienes llamó “kleijne diertgens” (en holandés, idioma original), “animalcula” (en latín) o “animalículos” en castellano.

 

Posteriormente, vinieron otros personajes importantes. Louis Pasteur, quién refutó la teoría de la generación espontánea y estableció la teoría de “los gérmenes de la enfermedad”. Robert Koch, quién logró el aislamiento de bacterias en medios de cultivo. Alexander Fleming y el descubrimiento de la penicilina ejemplo brillante de cómo los microorganismos también libran su propia “carrera armamentística” para ocupar sus nichos. Y así, una sucesión de hallazgos que hoy nos permiten dimensionar cómo estos pequeños seres influyen —y colaboran— en nuestra vida cotidiana.

 

No obstante, en la actualidad parece que estamos perdiendo esa carrera frente a los pequeños animales. Los microorganismos evolucionan sin pausa: provocan pandemias, desarrollan resistencia a los antibióticos, reaparecen en brotes de enfermedades que creíamos controladas gracias a las vacunas. Conocida, en la comunidad infectológica y microbiológica, la estimación de que, para 2050, las bacterias multirresistentes podrían convertirse en la principal causa de muerte a nivel mundial; los reportes de brotes de enfermedades reemergentes cada vez se hacen más frecuentes y ya vivimos en carne propia el azote de dos pandemias en el presente siglo con graves repercusiones a la salud pública y economía mundial.

 

Hoy, más de 340 años después de que Leuweenhoek viera por primera vez a los ‘animálculos’, seguimos maravillándonos y desafiándonos frente a su impacto en nuestras vidas. Este Día Internacional del Animálculo nos recuerda que, aunque pequeños, los microorganismos han sido y seguirán siendo protagonistas de nuestra historia. La tarea de la comunidad científica y de los profesionales de salud es continuar observando, comprendiendo y anticipándonos, para que esa carrera armamentística se transforme en un camino de convivencia y progreso.

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